Cayuco
Enrique Muñoz González

“El poder es como un violín:
se toma con la izquierda
y se toca con la derecha.”

Eduardo Galeano

R.I.P. A LOS GOBIERNOS DE IZQUIERDA

Se sospecha y se rumora, aunque no existen pruebas concluyentes, que los recortes a USAID (Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional) influyeron en el reciente avance de gobiernos de derecha en América Latina.

La prensa internacional insiste en catalogar como “ultraderechistas” a figuras como José Antonio Kast en Chile, Rodrigo Paz Pereira en Bolivia, Keiko Fujimori en Perú, Daniel Noboa en Ecuador, Nasry Asfura en Honduras, Abelardo de la Espriella en Colombia y Laura Fernández Delgado en Costa Rica. Mientras tanto, la maquinaria ideológica progresista, alimentada durante años con recursos provenientes de Washington, parece desmoronarse elección tras elección.

Lo que sí está documentado es que la administración de Donald Trump redujo drásticamente las operaciones y el financiamiento de USAID a partir de 2025. Diversas fuentes señalan que la mayoría de sus programas internacionales fueron cancelados y que la agencia terminó prácticamente absorbida por el Departamento de Estado.

Sin embargo, afirmar que por esa razón siete países latinoamericanos eligieron gobiernos de derecha es una conclusión simplista y políticamente interesada.

La realidad es mucho más compleja.

La política latinoamericana suele moverse por factores internos que terminan pesando más que cualquier financiamiento externo:

Inflación y deterioro económico.
Inseguridad y expansión del crimen organizado.
Corrupción y desgaste de los gobiernos en funciones.
Rechazo ciudadano a las élites políticas tradicionales.
Crisis migratorias y conflictos sociales.

Muchos analistas coinciden en que el avance de los candidatos conservadores responde, principalmente, al fracaso de numerosos gobiernos progresistas para resolver los problemas más urgentes de sus ciudadanos. El llamado “voto de castigo” ha comenzado a cobrar factura.

¿Es el fin de los gobiernos de izquierda?

Probablemente no.

La historia política de América Latina demuestra que los ciclos ideológicos son temporales. A principios de los años 2000 dominó la llamada “marea rosa”; posteriormente surgió una ola de gobiernos de centroderecha; más tarde regresaron varios proyectos progresistas. Hoy podríamos estar presenciando un nuevo viraje regional.

Lo que sí parece evidente es el agotamiento del discurso de una izquierda gobernante que prometió transformaciones profundas y que, en muchos casos, terminó ofreciendo los mismos problemas de siempre.

Cuando la inseguridad se dispara, la corrupción permanece intacta y el crecimiento económico no llega, los ciudadanos buscan alternativas. No importa si provienen de la derecha, del centro o de nuevas expresiones populistas.

En política, los resultados pesan más que los discursos.

La pregunta no es si la izquierda desaparecerá. La verdadera pregunta es si los gobiernos que se identifican con ella serán capaces de recuperar la confianza de los ciudadanos mediante hechos y no mediante propaganda.

¿Y CUÁL ES EL FUTURO DE MORENA?

El principal riesgo para Morena no es que sus adversarios lo llamen “narcopartido”. Los calificativos políticos van y vienen.

El verdadero peligro surgiría si el gobierno de Estados Unidos llegara a presentar pruebas judiciales sólidas contra políticos relevantes vinculados al crimen organizado.

Ese escenario tendría consecuencias históricas para el partido en el poder y para la estabilidad política del país.

Mientras eso no ocurra, Morena seguirá siendo, muy probablemente, la principal fuerza política de México. Cuenta con una marca consolidada, una estructura nacional y una poderosa red de programas sociales que le proporcionan un amplio tanque de oxígeno electoral.

Pero en política ningún dominio es eterno.

La misma ciudadanía que entrega el poder también puede retirarlo cuando considera que las promesas fueron sustituidas por la soberbia, la ineficacia o la impunidad.

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