Cada 27 de octubre, a las 19 horas, habitantes de Atlamajalcingo del Río, en la región de la Montaña de Guerrero, reciben a las ánimas con comida, velas, flores, copal, cohetes y una misa católica.
Según una antigua creencia del lugar, un hombre que volvió a la vida después de morir contó que las almas llegaban a la entrada del pueblo. Desde entonces, los vecinos marcan e iluminan su camino.
En otras comunidades de la región, las familias acuden al panteón para traer las almas de sus difuntos a casa y compartir con ellas las ofrendas.
En Atlamajalcingo del Río, los altares también se colocan en las viviendas el 31 de octubre y el 1 de noviembre, explicó Tomás Catalán, excomisario de la comunidad.





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