
Cayuco
Enrique Muñoz González
Cuando un hombre sabe
demasiado, el problema
deja de ser lo que hizo
y comienza a ser lo
que puede contar.”
¡NO MATEN A FERNANDO FARÍAS; DÉJENLO QUE HABLE!: LA ESPOSA
Hay mensajes que parecen ruegos familiares, pero que en el ecosistema político suenan como una alarma ensordecedora.
Mónica Gámez Grijalva, esposa del contralmirante Fernando Farías Laguna, lanzó una advertencia pública con destinatarios directos: la presidenta Claudia Sheinbaum y el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Harfuch.
Exige que garanticen la integridad física de su esposo durante su extradición desde Argentina y, muy especialmente, cuando quede en prisión bajo custodia del Estado mexicano.
La petición es tan extraordinaria como inquietante. Provoca de inmediato la pregunta que desde el Palacio Nacional querrán evadir a toda costa.
¿Por qué la esposa de un alto mando naval considera indispensable pedir públicamente que lo protejan de las propias autoridades de su país?.
No está pidiendo privilegios. Tampoco impunidad. Exige lo elemental: que llegue vivo, que permanezca vivo y que hable ante un juez.
Desde el segundo en que Farías Laguna pise territorio nacional y quede en manos mexicanas, cualquier «accidente», «complicación médica» o «desgracia» será responsabilidad absoluta del Estado. Así de simple.
No habrá margen para pretextos. No podrán culpar a Buenos Aires, no podrán alegar causas de fuerza mayor ni esconderse tras comunicados burocráticos redactados a prisas.
La presidenta Sheinbaum, la SSPC, la FGR y el sistema penitenciario cargan con la obligación legal e histórica de salvaguardar su vida. Porque Farías Laguna no es un preso común.
Es el hombre acusado de conocer las tripas y las alcantarillas de una de las tramas de huachicol fiscal más podridas y multimillonarias del país.
Y apuesto doble contra sencillo: sabe demasiado, tiene los nombres y tiene a más de una veintena de altos funcionarios temblando de pánico.
UN HOMBRE QUE CONOCE EL MONSTRUO DESDE ADENTRO
Fernando Farías no observó la podredumbre desde la barrera. Él estuvo en el corazón del sistema: dentro de la Secretaría de Marina. Conoció mandos, controló puertos, operó aduanas, dominó procedimientos, manejó funcionarios.
Pero sobre todo, sabe algo infinitamente más peligroso: quiénes daban las órdenes en la cima y quiénes cobraban el cobijo de la impunidad.
Por eso, su repatriación es un dolor de cabeza mil veces más agudo para la clase política mexicana que su estancia en Argentina.
Se dice además que las agencias de Estados Unidos ya lo «exprimieron».
Una macroestructura capaz de mover mares de combustible ilegal no se opera con dos marinos corruptos como chivos expiatorios.
Necesita una telaraña de empresas fachada, agentes aduanales cómplices, pedimentos clonados, funcionarios comprados y, por encima de todo, pactos de silencio al más alto nivel.
Por eso la pregunta de fondo no es qué hicieron Fernando y su hermano Manuel Roberto Farías Laguna. La verdadera interrogante es: ¿para quiénes trabajaban y hasta qué piso de la pirámide gubernamental llegaba la cadena de mando y protección?.
RAFAEL OJEDA: EL PRIMER NOMBRE INCÓMODO
El primer fantasma que emerge del expediente es el del almirante José Rafael Ojeda Durán, exsecretario de Marina durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador.
Los hermanos Farías Laguna son sus sobrinos políticos.
Si bien el parentesco no constituye delito por sí mismo, en términos políticos obliga a un cuestionamiento demoledor: ¿qué sabía el entonces titular de la SEMAR?
Resulta insostenible pretender que una red de tráfico de tal magnitud operara durante años en recintos estratégicos, puertos y aduanas, administrados por personal naval, sin encender una sola alarma en el despacho del alto mando.
Fernando Farías es la pieza clave para responder a esta encrucijada:
¿La red operaba a sus espaldas?
¿Existieron superiores que la promovieron o la consintieron?
¿Hubo instrucción o blindaje político desde arriba?
¿Quién dio la orden de dejar pasar los cargamentos?
Que hable Farías. Y que presente las pruebas.
EL HUACHICOL NO VIAJA EN BOLSAS DE SUPERMERCADO
El Gobierno no debería cometer el error de subestimar la inteligencia de los mexicanos. El huachicol fiscal a escala industrial no entra al país escondido en la cajuela de un coche.
Hablamos de buquetanques, ferrotanques, flotillas de pipas, terminales marítimas, documentos alterados, permisos apócrifos y miles de millones de litros de hidrocarburo.
Ese volumen de atrocidad deja huellas financieras, firmas, contratos, transferencias y rostros. Pretender vender la historia de que un par de mandos medios armaron semejante emporio criminal por cuenta propia es una burla.
Las preguntas incómodas siguen abiertas:
¿Dónde estaban las autoridades mientras saqueaban al país?
¿Quién auditaba las aduanas?
¿Quién supervisaba a los mandos navales puestos por el Gobierno?
¿Quién en la UIF o en el SAT ignoró el flujo anormal de capitales?
Y la más grave: ¿quién dio la orden de mirar hacia otro lado?
EL SEXENIO DE AMLO TAMBIÉN TIENE QUE RESPONDER
Esta trama golpea de lleno la narrativa del gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Fue el expresidente quien entregó el control total de los puertos, aduanas y fronteras a las Fuerzas Armadas bajo la promesa de que el uniforme militar erradicaría la corrupción.
Si en el corazón de esa militarización floreció la red de huachicol fiscal más grande de la historia reciente, alguien debe rendir cuentas.
Por principio de cuentas, tendría que investigarse a fondo a Octavio Romero Oropeza, exdirector de PEMEX y hoy titular de INFONAVIT: por sus manos pasó toda la radiografía del hidrocarburo en el país.
Solo hay dos vertientes y ninguna sale limpia:
- O en el gobierno anterior no se enteraron de nada, lo que exhibiría una incompetencia y ceguera monumental.
- O supieron perfectamente lo que ocurría y lo solaparon, lo cual califica como alta traición y complicidad criminal.
Durante seis años repitieron la frase de que «la corrupción se había acabado» y que «las escaleras se barrían de arriba hacia abajo». Llegó la hora de levantar la alfombra.
SHEINBAUM Y HARFUCH: NOTIFICADOS Y RESPONSABLES
Mónica Gámez Grijalva ya encendió los reflectores. La excusa del «desconocimiento» quedó anulada. La presidenta Claudia Sheinbaum y Omar García Harfuch están formalmente notificados ante la opinión pública.
Saben perfectamente que el testimonio de Fernando Farías es una bomba de tiempo. Por ende, la custodia en su retorno debe ser impenetrable: vigilancia 24/7, cámaras en celda, bitácora fotográfica de visitas, catadores de alimentos, protocolos antitraslado sin autorización judicial y resguardo médico permanente.
No porque el contralmirante merezca comodidades, sino porque México necesita su testimonio intacto. Si es culpable, que se le pudra en la cárcel. Pero antes, que hable: que entregue la nómina secreta, que detalle las rutas, que mencione las empresas fachada y que delate a los políticos y marinos que cobraban su tajada.
NO QUEREMOS OTRO EXPEDIENTE CONGELADO
El gobierno de Sheinbaum enfrenta un dilema crucial: o demuestra que va en serio contra la impunidad —caiga quien caiga— o se limita a administrar el escándalo mediante el empaquetado de «chivos expiatorios».
Pueden desmantelar el sistema corrupto desde sus cimientos o conformarse con cerrar el expediente sacrificando a los peones para salvar a los reyes y reinas del tablero.
Eso es lo que la sociedad debe impedir. Si Farías tiene datos sobre empresarios encumbrados, almirantes, exsecretarios o figuras del partido en el poder, los mexicanos tenemos el derecho constitucional y moral de saberlo. Sin importar el apellido, el uniforme o el color del partido.
QUE LLEGUE VIVO Y QUE HABLE
La esposa del contralmirante hizo un cálculo político implacable: le endosó la factura de la vida de su esposo directamente al Ejecutivo Federal.
A partir de hoy, cualquier eventualidad con Farías Laguna —un infarto sospechoso, un «suicidio» en celda, una riña provocada o un accidente de traslado— será leída como una ejecución de Estado para proteger a los involucrados en las altas esferas.
Las autoridades deberían ser las más interesadas en mantenerlo blindado. Que llegue a México, que pise el juzgado y que enfrente la ley. Pero que conserve la voz.
Porque el verdadero terror de los hombres del poder no es ver a Fernando Farías tras las rejas. El verdadero terror es escucharlo declarar.
Sheinbaum y Harfuch tienen la palabra. Garanticen su vida, aseguren su debido proceso y dejen que cante. Después de eso, veremos a cuántos en el poder les empieza a temblar las piernas.
El huachicol fiscal no termina en los hermanos Farías Laguna. Con ellos, apenas va a comenzar.
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