
Cayuco
Enrique Muñoz González
“En cierta medida la corrupción es un asunto cultural y lo peor que le puede pasar a una sociedad es acostumbrarse a ella.”
Fernando Savater
EL HUACHICOL YA NO SE ESCONDE: GOBIERNA DESDE LAS SOMBRAS
Durante años nos hicieron creer que el huachicol era el hombre con una manguera perforando un ducto de Pemex en la madrugada. Esa imagen ya quedó rebasada por la realidad.Lo encontrado en Reynosa, Tamaulipas, no parece la obra de una banda improvisada. Parece la infraestructura de una empresa clandestina con capacidad industrial. Tanques gigantes, millones de litros de hidrocarburos, autotanques, plantas de energía, sistemas de videovigilancia y una logística que difícilmente podría operar durante meses sin que alguien dentro del aparato gubernamental supiera de su existencia.Cuando el crimen construye instalaciones industriales y el Estado dice descubrirlas por sorpresa, hay dos posibilidades: la autoridad fue incapaz de detectarlas o alguien decidió mirar hacia otro lado. Ninguna de las dos es tranquilizadora.El aseguramiento realizado por la Fiscalía General de la República, la Secretaría de la Defensa Nacional, la Guardia Nacional y Seguridad Física de Pemex. Confirmaron la existencia de instalaciones clandestinas donde fueron localizados casi 3.9 millones de litros de hidrocarburos, enormes tanques de almacenamiento, equipo industrial y una infraestructura propia de una operación de gran escala.No estamos hablando de delincuencia artesanal. Estamos frente a un negocio multimillonario.EL NEGOCIO CAMBIÓ DE ROSTROMientras el gobierno presume decomisos, el crimen organizado perfeccionó su modelo de negocios.Hoy existen dos modalidades.La primera es el huachicol tradicional: perforar ductos, robar pipas y extraer combustible de la red de Pemex.La segunda es todavía más rentable: el huachicol fiscal, mediante el cual combustibles provenientes del extranjero ingresan con documentación presuntamente alterada o bajo clasificaciones arancelarias distintas para reducir o evadir impuestos, antes de incorporarse al mercado nacional.Uno roba combustible.El otro roba impuestos.Ambos terminan financiando estructuras criminales y debilitando las finanzas públicas.EL HUACHICOL NO FUNCIONA SOLOResulta ingenuo pensar que una operación capaz de mover millones de litros pueda existir únicamente gracias a un puñado de delincuentes.Alguien controla las carreteras.Alguien facilita información técnica.Alguien permite el tránsito de pipas.Alguien omite inspecciones.Alguien compra el combustible.Y alguien lava el dinero.Cada litro robado deja una estela de complicidades que atraviesa oficinas públicas, empresas privadas, operadores logísticos y organizaciones criminales.Porque un negocio de esta magnitud no sobrevive gracias al silencio de un vigilante.Sobrevive gracias al silencio de todo un sistema.LA GRAN PREGUNTACada sexenio prometen acabar con el huachicol.Cada sexenio anuncian decomisos históricos.Cada sexenio presumen cifras récord.Y, sin embargo, el negocio continúa creciendo, adaptándose y sofisticándose.Eso obliga a formular una pregunta incómoda:¿Quién está perdiendo realmente esta guerra?Porque si el Estado decomisa millones de litros mientras las redes criminales siguen construyendo infraestructura industrial, entonces alguien está llegando demasiado tarde… o demasiado cómodo.La corrupción no siempre consiste en recibir dinero.También consiste en dejar de cumplir con el deber.EL VERDADERO COMBATECerrar una toma clandestina produce fotografías.Asegurar una mini refinería genera titulares.Pero desmantelar el huachicol exige algo mucho más difícil: seguir la ruta del dinero.¿Quién financió esas instalaciones?¿Quién compró los terrenos?¿Quién suministró los tanques?¿Quién vendió el equipo industrial?¿Quién permitió el transporte de millones de litros?¿Quién firmó permisos?¿Quién dejó de inspeccionar?Y, sobre todo, ¿quién se enriqueció?Mientras esas preguntas permanezcan sin respuesta, cada operativo será apenas un espectáculo temporal.Porque el verdadero combustible del huachicol no es la gasolina.Es la impunidad.Y la impunidad tiene nombre, cargo y firma.Hasta que la justicia alcance a quienes protegen el negocio desde las oficinas y no únicamente a quienes lo operan en el campo, México seguirá viendo cómo el crimen organizado deja de esconderse para convertirse en empresario.Mientras el Estado corre detrás de una corrupción que hace mucho tiempo dejó de ser clandestina para convertirse en una forma de gobierno tolerada.Cuando el robo de combustible alcanza escala industrial, el problema ya no es el crimen organizado.El problema es que alguien dentro del poder permitió que creciera hasta ese tamaño.Y eso, más que un fracaso administrativo, es una acusación contra todo el Estado gubernamental .
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