
Cayuco
Enrique Muñoz González
“La educación no cambia el mundo,
cambia a las personas que van a
cambiar el mundo.»
Paulo Freire
MENTIRA Y CINISMO DE
LA EDUCACIÓN EN MEXICO.
En la historia política de México, el Ministerio de Educación pública solía ser un encargo para mentes brillantes.
Bastaría mirar el retrovisor histórico, a riesgo de hacerlos pasar vergüenza, para recordar quiénes llegaron a sentarse en la silla principal de la Secretaría de Educación Pública (SEP).
Si medimos la trascendencia por el impacto de sus reformas, el consenso historiográfico apunta de forma abrumadora a José Vasconcelos Calderón. No solo ocupó el cargo: prácticamente inventó la arquitectura educativa moderna del país al fundar la SEP en 1921.
Concibió la educación como un proyecto de integración bajo la visión de la «Raza Cósmica», envió las Misiones Culturales a alfabetizar hasta el último rincón de la patria y financió el esplendor del muralismo mexicano para educar a una población analfabeta desde los muros públicos.
Incluso en la geografía local tabasqueña, con sus luces y sombras, existieron referentes. Andrés Iduarte Foucher impulsó la profesionalización docente antes de dirigir el INBA.
Arcadio Hidalgo consolidó la infraestructura escolar a mediados del siglo XX; e inclusive el polémico Tomás Garrido Canabal, con su educación nacionalista y campañas alfabetizadoras, entendió que el aula era la herramienta definitiva de transformación social.
Ese era el parámetro. Esos eran los hombres de Estado. ¿Y qué tenemos hoy?
Hoy la realidad nos aplasta la cara con un cinismo repugnante: la cúpula de Morena pregona la excelencia del sistema público mientras envía a sus vástagos a la educación privada de élite.
En días recientes saltó a la luz pública lo que todos sospechaban pero pocos denuncian con nombre y apellido: el flamante Secretario de Educación Pública, Mario Delgado Carrillo, envía a sus hijos al Colegio Alemán Alexander von Humboldt.
Hablamos de una de las instituciones más exclusivas del país, con colegiaturas que superan con facilidad los 25,000 pesos mensuales por alumno. Un ecosistema bicultural de origen extranjero que garantiza a sus alumnos dominar el alemán y el inglés a nivel TOEFL y Cambridge.
Abriéndoles las puertas de par en par a las mejores universidades de Europa y Norteamérica.
¡Qué chulada de coherencia! Mientras a los hijos de la clase trabajadora les imponen la «Nueva Escuela Mexicana», la propaganda ideológica y el adoctrinamiento en otomí o lenguas indígenas.
Herramientas que, nos guste o no aceptarlo, carecen de cualquier tipo de competitividad en el mercado global actual.
Los hijos de la alta burocracia se forman bajo el modelo pragmático y capitalista occidental.
Hay que decirlo aunque a muchos les duela y rasguen sus vestiduras: las lenguas maternas no le van a dar de comer a un joven en el mundo real. Condenar a la niñez mexicana a un modelo que margina el inglés, la ciencia y las matemáticas para priorizar discursos folclóricos es un crimen de Estado. Y ellos lo saben.
Saben perfectamente que el desarrollo y la competitividad internacional se logran únicamente con educación de calidad.
¿Por qué creen que los senadores, diputados y funcionarios de la «cuarta transformación».
Se la pasan de paseo en Nueva York y Europa? ¿De verdad alguien creyó el cuento de que mandarían a sus propios hijos a una escuela pública a aprender lenguas indígenas? Por supuesto que no.
La gestión de personajes como Delfina Gómez, Leticia Ramírez y ahora Mario Delgado evidencia que tanto Andrés Manuel López Obrador como Claudia Sheinbaum se equivocaron.
La educación pública mexicana está por los suelos. La estrategia es dolorosamente clara: mantener a los pobres pobres, ignorantes y dependientes de las dádivas del Estado.
Un pueblo sin herramientas analíticas es un pueblo fácil de manipular con propaganda electoral.
Aquellos que tanto se quejaron del viejo, corrupto y caduco PRI.
Hoy le aplauden rabiosamente a los mismos cartuchos quemados que salieron de ese partido por no alcanzar un hueso y que hoy se disfrazan con el chaleco guinda de la «transformación».
El pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla.
La brecha entre la retórica de austeridad y la realidad es abismal. Mientras en las escuelas públicas del país no hay agua, ni luz, ni computadoras, y el nivel de inglés es mediocre o inexistente, el titular de la SEP paga sumas exorbitantes para que sus herederos jamás pisen el sistema que él administra.
No se trata solo de un debate sobre el derecho a elegir la educación de los hijos; se trata de una traición moral. Quien diseña, ejecuta y defiende la política educativa pública de un país pero no la considera lo suficientemente buena para su propia familia, carece de la calidad de autoridad para dirigirla.
Lo demás es demagogia pura y un insulto a la inteligencia de los mexicanos.
Denuncias y sugerencias
cayuco1957@gmail.com


Deja un comentario