CAYUCO

Enrique Muñoz González

“La política es demasiado seria como para dejarla solo en manos de los políticos”.

Konrad Adenauer

LA PRESIDENTA CLAUDIA ¿REBASADA
O USANDO LAS PROTESTAS?.

Según la presidenta Claudia Sheinbaum, las diversas protestas que actualmente sacuden a la Ciudad de México son alentadas por la oposición con el propósito de provocar una reacción más dura del Gobierno federal.

Incluso generar escenarios de confrontación con los manifestantes.
La mandataria responsabiliza a la derecha de intentar tensar el ambiente político y asegura que su administración no caerá en provocaciones.

Sin embargo, la realidad en las calles parece contar una historia distinta.

La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) se ha convertido en el principal actor de las movilizaciones.
Con bloqueos, plantones y marchas, exige demandas que el propio Gobierno reconoce como financieramente difíciles de satisfacer.

Resulta inevitable recordar que la CNTE fue una de las organizaciones que respaldaron políticamente tanto al expresidente Andrés Manuel López Obrador como a la hoy presidenta Claudia Sheinbaum.

La CNTE nació en 1979 como un movimiento disidente que buscaba democratizar al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE).

Integrada originalmente por maestros de estados como Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Michoacán, su constitución formal ocurrió durante una asamblea celebrada en Tuxtla Gutiérrez. Desde entonces ha sido uno de los grupos de presión más influyentes y combativos del país.

Hoy, entre los principales grupos que mantienen movilizaciones en la capital destacan:

La CNTE, que exige la derogación de la Ley del ISSSTE de 2007, modificaciones al sistema de pensiones y mejoras salariales.

Colectivos de familiares de personas desaparecidas, que demandan acciones concretas frente a la crisis nacional de desapariciones.

Grupos opositores a la gentrificación, que denuncian el incremento de rentas, el desplazamiento de habitantes y los efectos de ciertos desarrollos inmobiliarios.

Sindicatos y organizaciones laborales, que se han sumado a diversas protestas relacionadas con salarios y condiciones de trabajo.

La relevancia de estas movilizaciones aumenta porque coinciden con los preparativos rumbo a la Copa Mundial de la FIFA 2026, cuya inauguración tendrá como una de sus principales sedes a la Ciudad de México.

La decisión de suspender clases y enviar a miles de trabajadores al esquema de trabajo remoto ante la amenaza de bloqueos y marchas ha abierto un intenso debate sobre la capacidad de respuesta del Gobierno federal frente a la creciente presión social.

Más allá de la narrativa oficial, surge una pregunta inevitable: ¿se trata de una medida preventiva responsable o del reconocimiento implícito de que las autoridades están perdiendo capacidad para garantizar la normalidad en la capital del país?

Las movilizaciones de la CNTE vuelven a poner a prueba la habilidad política del Gobierno para resolver conflictos mediante el diálogo. Pero el problema ya no se limita al magisterio. Cada vez más grupos inconformes recurren a las calles para exigir respuestas que no encuentran en las oficinas gubernamentales.

La administración de Claudia Sheinbaum enfrenta uno de los mayores riesgos de cualquier gobierno: las expectativas. Cuando las promesas chocan con la realidad presupuestal, administrativa o política, la factura termina cobrándose en el espacio público.

La suspensión de actividades gubernamentales y educativas puede interpretarse como una medida prudente. Sin embargo, para miles de ciudadanos también representa una señal inquietante: la percepción de que la autoridad reacciona a los acontecimientos en lugar de anticiparse a ellos.

A ello se suma un factor que no puede ignorarse: la imagen internacional de México. A las puertas de eventos de gran relevancia como el mundial de futbol, cualquier escenario de bloqueos prolongados, caos vial o afectaciones a la movilidad genera incertidumbre entre organizadores, inversionistas y visitantes.

La pregunta de fondo permanece vigente: ¿estamos ante una estrategia de contención temporal o frente a la evidencia de que los conflictos sociales comienzan a rebasar la capacidad política del Gobierno para resolverlos?

Porque una cosa es administrar el poder desde el discurso, y otra muy distinta hacerlo cuando la inconformidad toma las calles.

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