Armagedón

“El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos”
Santiago 1:8

Jesús Alí: el verdugo de su propia crucifixión
Alfredo A. Calderón Cámara
alfredocalderon1960@gmail.com
En política, la traición no siempre se castiga de inmediato, pero nunca se olvida. Hay trayectorias que no se explican por los cargos ocupados, sino por las rupturas provocadas. La de Jesús Alí de la Torre es una de ellas: una biografía marcada no por la lealtad, sino por la fractura; no por la construcción, sino por el desgaste. Los desequilibrios y arrebatos de su vida, no son un accidente. Es un patrón de su ADN

Desde sus días en el PRI, donde recibió confianza, respaldo y oportunidades, eligió morder la mano que lo sostuvo. Traicionó acuerdos, rompió equilibrios y dejó claro que su compromiso no era con proyecto alguno, sino con su propio impulso. Ni Humberto Mayans, Andrés Granier o Luis Felipe Graham, ni quiénes apostaron por él encontraron en su conducta gratitud o disciplina. Encontraron cálculo, ambición y ruptura. Después vino lo inevitable: el peregrinaje

Atormentado por sus propios arrebatos pasionales: cambia de siglas como quien cambia de piel, salta de espacio en espacio como quien huye de sus propios demonios. No construyó identidad, desarraigado: no siembra pertenencia, ni deja buen ejemplo o escuela. En su vida sólo ha dejado dudas. Un político que no echa raíces no crece: se desplaza, daña su entorno y se desgasta

Morena lo acogió, como suele ocurrir con quienes llegan cargando más historia que consistencia. Se le abrió la puerta, pero nunca se le entregó la llave de la casa. Carece de fidelidad porque nunca miró de frente y por lo mismo: en el círculo rojo “nadie sabía si los estaba viendo o los estaba tanteando”. Uf, y ahí empezó el principio del fin

Jesús Alí confundió acceso con confianza, cercanía con poder, tolerancia con respaldo. Creyó que tenía margen, pero era observado. Pensó que tenía influencia, pero estaba a prueba. Y falló. Cuando entendió que no era pieza central sino actor prescindible, perdió el control. La desesperación sustituyó a la estrategia. El impulso desplazó a la prudencia. Y el resultado fue el de siempre: ruptura, salida, estruendo

Su renuncia no es un acto político relevante. Es una consecuencia lógica. Es el desenlace de una conducta indebida repetida -una y otra vez- hasta el cansancio. Como un buscapié encendido, corrió sin rumbo, haciendo ruido, soltando chispas, creyendo que el escándalo sustituye al peso político. Pero el fuego que no ilumina, sólo quema y termina consumiendo a quien lo enciende

Sobre Jesús Alí pesan señalamientos, conflictos, heridas abiertas que nunca cerraron. No son casualidad: son consecuencia de una forma de hacer política basada en el abuso, la desconfianza, el arrebato y la ruptura permanente. Un perfil así no se integra, no se disciplina, no se contiene. Se desborda. Ocupando la segunda silla siempre fue excelente: supo tener freno, hacer amigos y tender la mano. En la silla del poder municipal, se perdió: Jesús Alí no es un accidente del sistema. Es un síntoma

Es la radiografía perfecta que ilustra el augurio del político sin centro, sin doctrina y sin lealtad. El que hoy jura fidelidad y mañana negocia su salida. El que construye discursos, pero dinamita puentes. El que exige confianza, pero no sabe sostenerla. Los que llegaron con esa etiqueta en la frente ante Javier May, cómo Judas, solos se han ahorcado

En política, los hombres pueden equivocarse y corregir. Pero hay otros que repiten desliz, caídas y tropezones hasta extinguirse. Y ese parece ser el destino de Jesús Alí: no caer por un error, sino consumirse en su propia inconstancia. Porque el hombre de doble ánimo no pierde por sus adversarios. Se pierde sólo. Jesús Alí es el verdugo de su propia crucifixión

SEPTIMO SELLO
Los conceptos vertidos por el diputado Jorge Bracamonte sobre la salida de Jesús Alí, tienen definición resumida en el verso: “Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” -Mateo 6:21-. Parafraseemos la versión del diputado: En política hay dos tipos de llegadas: las de convicción y las de oportunidad. Las primeras construyen proyectos; las segundas los erosionan Ese fue el error

Se permitió el ingreso de quiénes no venían por principios, sino por cálculo. No venían a sostener una causa, sino a ver qué podían obtener de ella. No traían historia en la izquierda, ni formación ideológica, ni compromiso probado. Traían urgencia y ambición. Y la política, cuando se llena de urgencias, se vacía de convicciones. Hoy el fenómeno es evidente. Empiezan a irse. Renuncian. Pero no se están yendo de la izquierda porque nunca estuvieron en ella

El partido les dio cobijo, abrió espacios, les confió responsabilidades. Eso reveló su verdadera naturaleza: visitantes temporales que no construyeron, defendieron o resistieron. Sólo ocuparon espacio. Y cuando el botín no se dio, apareció la desbandada. Quien llega por interés, se va por frustración. El problema es haber confundido crecimiento con acumulación, apertura con permisividad, inclusión con descuido

Porque no todo el que se acerca suma ¿Qué llevó Jesús Alí a Morena? ¿Su perro y su gato? Eso tiene costo. Bracamonte sin mencionarlo ve muchos de esos perfiles buscando nuevo refugio, tocando puertas, ensayando nuevos discursos, disfrazando de ideología lo que siempre fue conveniencia. Cambian de camiseta con la misma facilidad con la que cambian de narrativa. No llevaron convicción, principios o identidad. Sólo cálculo. Y en política, el cálculo sin convicción no construye futuro construye simulación

SEPTIMA TROMPETA
Daniel Casasús Ruz, entiende que en política hay quienes llegan para construir y quienes llegan para probar suerte. Morena, como todo movimiento en expansión, abrió sus puertas. El problema no fue abrirlas, sino no distinguir quién entraba con convicción y quién lo hacía por conveniencia. Hay personajes que nunca tuvieron arraigo al movimiento. No lo entienden, no lo han vivido, no lo han construido. No conocen su origen ni respetan su causa. Para ellos, la militancia es un trámite, no una convicción

Casasús Ruz fue más lejos: “Por eso cambian de camiseta con la misma ligereza con la que un jugador cambia de club en una liga de fútbol”; es decir, donde haya oportunidad, ahí están; donde se cierre la puerta, se van. No hay identidad. No hay raíz. No hay lealtad. Y eso marca la diferencia. Porque quienes sí tienen cimientos no se mueven por coyuntura. Permanecen. Trabajan. Sostienen el proyecto incluso cuando no hay reflectores ni beneficios inmediatos. Entienden que el movimiento no es un trampolín personal

Ahí está la línea divisoria: entre los que pertenecen y los que sólo pasaron. Para Casasús Ruz, no hay desgaste posible en comentar decisiones como la de Alí de la Torre. No porque no importe, sino porque es predecible. No se puede hablar de salida cuando nunca hubo pertenencia. No se puede hablar de ruptura cuando nunca existió identidad. Sucedió lo natural

El paso de Jesús Alí fue breve, su defección: circunstancial, casi anecdótico. El tiempo que haya sido, suficiente para confirmar lo evidente: nunca fue parte del movimiento, él y otros cómo los parásitos sólo estaban dentro de la tripa morenista. En política, estar no es lo mismo que ser. Porque los movimientos se sostienen con convicción, no con oportunismo. Y quienes no tienen raíz, tarde o temprano, terminan arrastrados por el viento. No es pérdida es un simple laxante. Simple depuración

SEPTIMA COPA
En Jonuta, el problema no es que la alcaldesa María Soledad Villamayor Notario, baile. El problema es que gobierne poco. Porque cuando el ejercicio público se sustituye por la distracción, lo que se exhibe no es cercanía con la gente, sino ausencia de resultados. El cargo no es un escenario, es una responsabilidad. Y cuando la forma sustituye al fondo, el gobierno deja de ser gobierno y se convierte en espectáculo

No se trata de moralizar conductas personales ni de convertir la política en un tribunal de gustos. Se trata de prioridades. Mientras hay demandas sociales, servicios que fallan y problemas que esperan atención, el mensaje que se envía al optar por lo superficial es claro: se privilegia la imagen sobre la gestión. Y eso tiene costo. Porque el ciudadano no eligió entretenimiento. Eligió gobierno

La política no exige solemnidad permanente, pero sí exige seriedad en lo esencial. Y cuando lo esencial se descuida, todo lo demás se vuelve irrelevante. No importa cuánto se sonría frente a la cámara si detrás de esa imagen no hay resultados que sostengan el encargo público. Al final, la crítica no es por bailar. Es por no gobernar. Regresamos revisando los sacudimientos de la maestra Marisol

Deja un comentario

Tendencias