
Armagedón
“¿Puede el etíope cambiar de piel, o el leopardo quitarse sus manchas?¡Pues tampoco ustedes pueden hacer el bien, acostumbrados como están a hacer el mal!”
Jeremías 13:23
Evaristo: espejitos por oro verde
Alfredo A. Calderón Cámara
alfredocalderon1960@gmail.com
Evaristo Hernández Cruz en su nueva faceta ecológica armó un discurso en el que acepta que la política no es un poema, es una coreografía. Y ahí dejo de pisarse los pies. Fue un discurso con el maquillaje que tanto les gusta a los políticos ponerse antes de salir al templete: con una narrativa intentando construir una legitimidad
Su discurso giró alrededor de tres ejes clásicos: renovación generacional, mérito y preparación, además, de cercanía con la gente. En el papel suena impecable. El problema es que en el ecosistema político real, esos conceptos están sobreexplotados. Todo el país sabe perfectamente lo que significa el PVEM, siempre dice lo mismo mientras coloca los mismos cartuchos quemados de siempre, sólo que ahora con camisa verde olivo
Ellos en realidad creen que la narrativa funciona, pero no sorprende ni entusiasma -aparte de ellos- a nadie. Es políticamente correcta, no disruptiva. Traducción para que se entienda: no resta, pero tampoco le hace ganar puntos por sí sola. El estandarte -el mismo año gastado de toda la oposición-: el rezago de Tabasco y ahí sí hay algo interesante
Cuando Evaristo Hernández afirma: “no es aceptable que un estado tan rico esté rezagado”, se hace el occiso porque él ha sido parte fundamental de ese rezago y olvidadizo construye un adversario narrativo sin mencionarse él mismo directamente como parte de los gobiernos anteriores, la ineficiencia estructural y la clase política tradicional. Equivocadamente él siente que eso es útil porque: no se confronta frontalmente (evita costos), pero sí genera indignación moderada quienes si recuerdan su participación activa en dichos gobiernos
Es un discurso enmascarado de oposición, disfrazado de institucionalidad. Bastante típico, pero mal, muy mal ejecutado donde deja sentir su ambición política: bien medida, pero arriesgada. Lo peor, el PVEM en estos momentos su única fuerza es ser la bisagra traidora a la 4T y todavía arriesgarse a decir que va a “ganar la mayoría de municipios”, que va a “gobernar la capital” y se lanza al abismo de arengar que “proyecta gobernar Tabasco en el 2030” es una anomalía estratégica
Evaristo Hernández proyecta visión de largo plazo, algo que escasea en campañas que viven al día. Pero también abre un flanco: Si no cumple, queda como promesa inflada porque de antemano sabe que no tiene estructura real y su arenga de tener “siervos de la nación verde”, suena a voluntarismo elegante. En política, prometer grande siempre funciona hasta que toca rendir cuentas. Y ahí es donde muchos discursos “bonitos” mueren ante la realidad que los aplasta
El cierre fue emocional, pero controlado y logró algo importante: baja el discurso abstracto, aterriza en territorio al tiempo que asegura que irán: “casa por casa”, “mirar de frente”, eso es clave, porque conecta con el único espacio donde la política sigue siendo real: la calle. Aunque, siendo brutalmente honestos: todos dicen que van a caminar, pero pocos dejan la camioneta
El mensaje interno (el que no es para el público) su línea: “esperamos lo mismo del partido a nivel nacional: valentía, congruencia y respaldo” esa advertencia no es para la ciudadanía. Es para la cúpula. Es una forma elegante de decir: no nos dejen solos, no nos impongan candidatos y no nos saboteen desde arriba
Lo rescatable: el discurso ya cumple tres cosas esenciales, tiene orden, tiene intención y sobre todo, no se contradice cada dos párrafos (lo cual ya es un logro en política). Pero no hay que nos engañarse: ese no fue un discurso que encienda pasiones o cambie la historia. Es más, ni siquiera logró que Luis Felipe Graham sacará las manos de las bolsas del pantalón y aplaudiera. Es más, fue horrible, se notó: desencanchado*
Fue un discurso que no espantó votantes, mantuvo la narrativa del partido y abrió la puerta para competir sin hacer el ridículo, que, considerando el estándar promedio, ya es casi heroico. La política no premia al más brillante, premia al que suena creíble el tiempo suficiente. Y este texto, con todo y su buena intención, Evaristo entendió ese juego y ha comenzado a vender espejitos por oro verde
SEPTIMO SELLO
Otra semana, otro incidente, otro comunicado institucional cuidadosamente redactado para sonar a control mientras la realidad insiste en lo contrario. El nuevo derrame en Dos Bocas no puede leerse como un hecho aislado. Es el tercer evento relevante en menos de un mes (dos derrames y un incendio), lo que coloca a Pemex no solo en una crisis operativa, sino en una zona de desgaste político acumulativo
Ubiquemos: frecuencia de incidentes, de lo excepcional a lo recurrente, cuando los accidentes dejan de ser esporádicos y se vuelven frecuentes, el problema deja de ser técnico y se vuelve estructural y aquí hay tres señales claras: fallos en protocolos de seguridad industrial, posible presión operativa por acelerar procesos y débil cultura de mantenimiento preventivo
SEPTIMA TROMPETA
El derrame en río Seco y el riesgo hacia la laguna Mecoacán colocan nuevamente a comunidades locales —especialmente pescadores— en condición de vulnerabilidad. Aquí hay un punto delicado: el discurso nacional habla de soberanía energética, pero a nivel local se percibe riesgo ambiental y afectación económica. Esa brecha narrativa, si se amplía, puede traducirse en desgaste social en la región que más ha apostado por el proyecto
La recolección de 240 kg de material y la instalación de barreras muestran capacidad de respuesta. El problema no es la reacción, sino el patrón: se actúa bien después del incidente, pero no se logra evitar el siguiente incidente y en política pública, prevenir siempre vale más que contener. Dos Bocas enfrenta un momento delicado: no por la magnitud individual del derrame, sino por la acumulación de eventos en corto tiempo
SEPTIMA COPA
Entendamos: lo de Dos Bocas ya no es un accidente. Es un patrón. Y cuando hay patrón, hay responsabilidad, aunque nadie tenga prisa por asumirla. Desde ayer empezó a acumular otra narrativa: incidentes, fallas y opacidad. Tres eventos en menos de un mes no son mala suerte. Son evidencia de algo más profundo: improvisación en la operación, presión por demostrar resultados a cualquier costo y decisiones técnicas subordinadas a tiempos políticos. El problema es simple: cuando un proyecto se vuelve más político que técnico, la realidad termina cobrando factura
Pemex sigue operando bajo una lógica vieja: minimizar, contener, seguir. Pero el contexto ya no es el mismo: más escrutinio público, mayor presión ambiental y menor margen de error político. Cada incidente erosiona no sólo su imagen, sino la viabilidad del proyecto energético completo
Negar el problema no lo resuelve. Sólo lo acumula y el verdadero riesgo: que la excepción se vuelva norma. El punto más peligroso no es el derrame en sí. Es la normalización: incendio igual a comunicado. Derrame igual a comunicado, otro derrame igual a otro comunicado y así, hasta que lo extraordinario se vuelve ya cotidiano
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