
Armagedón
“Más vale ser paciente que valiente; más vale el dominio propio que conquistar ciudades”
Proverbios 16:32
Entre la diplomacia y el manotazo
Alfredo A. Calderón Cámara
alfredocalderon1960@gmail.com
El llamado “Escudo de América”, impulsado por Donald Trump, refleja un intento de reconfigurar el combate al narcotráfico desde una lógica regional de seguridad. La creación de la Coalición de las Américas contra los cárteles, bajo la coordinación del aparato de defensa estadounidense, busca de esa manera articular a varios países del continente en una estrategia conjunta contra el crimen organizado transnacional
En términos políticos, el movimiento tiene dos lecturas. Por un lado, responde a una preocupación real: los cárteles ya operan como estructuras transnacionales con presencia financiera, logística y criminal en varios países. Pero por otro, coloca a Estados Unidos en el centro del diseño estratégico que Donald Trump desea, lo que inevitablemente despierta suspicacias sobre soberanía y liderazgo regional
Para países como México, el reto consiste en participar en esquemas de cooperación que ayuden a combatir al crimen organizado sin abrir la puerta a mecanismos que puedan interpretarse como intervención o tutela externa. En síntesis, la iniciativa revela una tendencia clara en Washington: internacionalizar la lucha contra los cárteles y tratarla cada vez más como un problema de seguridad hemisférica, no sólo de política criminal. El equilibrio entre cooperación y soberanía será la clave de cómo evolucione esta estrategia
La política internacional tiene esa rara habilidad de parecer una partida de ajedrez, jugada por un Donald Trump que a veces prefiere golpear el tablero. Pero, Sheinbaum Pardo una y otra vez a reiterado: “vamos al fondo, con calma, porque el tema merece menos histeria y más cabeza fría”. Eso trae a Sheinbaum y la diplomacia de la cuerda tensa
La presidenta de México está intentando un equilibrio que en la diplomacia mexicana es casi un rito religioso: “defender soberanía sin provocar una crisis bilateral”. Su postura tiene tres mensajes bastante claros: 1 rechazo a tropas extranjeras en territorio mexicano. 2 apertura a la cooperación en seguridad y 3 responsabilidad compartida en el problema del narcotráfico
Ese planteamiento no es improvisado. Forma parte de la línea histórica y diplomática que México ha sostenido durante décadas: cooperar con Washington, pero sin aceptar intervención directa. Aceptar tropas estadounidenses no sería sólo un tema militar. Sería un terremoto político interno, porque tocaría uno de los nervios más sensibles de la identidad política mexicana: la soberanía territorial. Aquél famoso: “green go”, “vete verde”. No se olvida
Ubiquemos la lógica estratégica de Trump mantiene un enfoque mucho más agresivo en el discurso. Su narrativa gira alrededor de una idea central: tratar a los cárteles como organizaciones terroristas. Ese simple cambio semántico modifica todo el tablero. Si los cárteles se clasifican como terrorismo internacional, en la lógica de seguridad estadounidense se abre la puerta a: operaciones extraterritoriales, cooperación militar ampliada, intervención indirecta en otros países, presión política regional
La llamada coalición hemisférica contra los cárteles encaja precisamente en esa estrategia: crear un marco regional de seguridad donde Estados Unidos lidera la respuesta contra el narcotráfico. No es una política nueva. Es la adaptación del modelo de “guerra contra el terrorismo” aplicado al crimen organizado del continente y aquí conviene separar el ruido político de la realidad estratégica
Dimensionemos con seriedad: una invasión militar estadounidense a México es extremadamente improbable por razones muy concretas; primero, el costo político. México es el principal socio comercial de Estados Unidos. Una guerra abierta contra su vecino inmediato sería un desastre económico y diplomático. Segundo, la interdependencia económica. En unos días comienza la revisión del T-MEC, el cual sostiene millones de empleos en ambos países. Una ruptura militar significaría paralizar una de las zonas económicas más integradas del planeta
Tercero, el caos interno a dimensiones insospechadas dentro de la Unión Americana y una guerra en la frontera generaría: crisis migratoria, interrupción comercial masiva, presión política dentro de Estados Unidos como nunca la ha tenido y eso para Washington sería una pesadilla estratégica. Donald Trump no está loco, ni borracho ni “come fuego”: pelea todas sus guerras fuera del país, nunca adentro
Lo que sí puede ocurrir: el problema real no es una invasión clásica. El problema es algo mucho más sofisticado. Estados Unidos tiene múltiples herramientas de presión sin cruzar la frontera con soldados: sanciones financieras, persecución internacional de redes criminales, operaciones de inteligencia, presión diplomática, condicionamiento de cooperación en seguridad. A esto algunos analistas lo llaman intervención sin ocupación. No es una guerra abierta, pero sí un sistema de presión constante
Claudia Sheinbaum hasta ahora ha jugado con inteligencia. Cuando la presidenta afirma que “seguimos diciendo que no” a tropas extranjeras, está enviando dos señales simultáneas. Hacia México: defensa de soberanía. Hacia Washington: cooperación sí, subordinación no. Es una narrativa diseñada para mantener legitimidad interna sin romper la relación bilateral. Y francamente no tiene muchas más opciones. La relación con Estados Unidos no es una elección ideológica. Es una realidad geográfica
El problema es estructural y aquí aparece la verdad incómoda que ningún discurso político resuelve. El narcotráfico es una economía transnacional. La demanda y el mercado de drogas está principalmente en Estados Unidos. En reciprocidad el flujo de armas viene en gran medida del norte. Las redes criminales operan en ambos lados de la frontera y mientras exista el mercado de drogas más grande del mundo y una disponibilidad masiva de armas, los cárteles seguirán teniendo combustible para operar
Lo que estamos viendo es una negociación permanente entre tres fuerzas: soberanía nacional, presión geopolítica estadounidense y crisis criminal -drogas y armas- transnacional. Sheinbaum intenta sostener una diplomacia de contención frente a un Trump que utiliza una narrativa de seguridad mucho más dura. La realidad, nada de esto es ciertamente nuevo. México lleva más de un siglo manejando una relación compleja con Washington, entre la diplomacia y el manotazo
SEPTIMO SELLO
El escándalo por los XV de Mafer difícilmente puede leerse sólo como un exceso social. En política, los eventos ostentosos suelen cumplir funciones que van más allá de la celebración privada. El protagonismo del empresario Juan Carlos Guerrero Rojas, vinculado a contratos en Pemex, terminó colocando el tema en la agenda pública y, de paso, exhibiendo una red de relaciones políticas y empresariales del círculo rojo que normalmente opera fuera del reflector
SEPTIMA TROMPETA
Más que un error de cálculo, el episodio parece haber servido para mostrar capacidad económica, vínculos y cercanías políticas en un momento donde distintos grupos comienzan a posicionarse rumbo a 2027. La presencia activa de Juan Carlos Castillejos en la organización y los acercamientos visibles entre actores políticos de distintas corrientes, como Chavo Herrera, Héctor Peralta Grappin y Gerardo Gaudiano, alimentan la percepción de que se están reacomodando alianzas informales
SEPTIMA COPA
En política local estos gestos rara vez son casuales. Los eventos sociales de alto perfil funcionan muchas veces como termómetros de poder: quién llega, quién se sienta con quién y quién decide organizar. Lo que sigue probablemente será un periodo de movimientos discretos, acercamientos y reposicionamientos, mientras los distintos grupos comienzan a medir fuerzas en el tablero previo al 2027
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