Armagedón

“Yo castigaré al mundo por su maldad, y a los impíos por su iniquidad; Pondré fin a la pompa de los arrogantes y humillaré el orgullo pomposo de los despiadados”
“Isaías 13:11”

Un soldado en cada hijo te dio
Alfredo A. Calderón Cámara
alfredocalderon1960@gmail.com
Que a un secretario de la Defensa se le quiebre la voz no es un detalle menor ni un simple gesto humano aislado. En la cultura militar, donde el autocontrol emocional es parte del uniforme invisible del mando, esa fractura pública transmite un mensaje político poderoso: el costo real de la confrontación con el crimen organizado ya no puede expresarse sólo en partes oficiales ni en cifras frías

Las escenas de los 28 soldados, Guardias Nacionales y agentes federales inertes, masacrados por las balas del crimen organizado duelen en serio, son 28 ataúdes en 28 hogares mexicanos que quedaron rotos, fragmentados por siempre; por ello, las emotivas palabras del secretario de la Defensa Nacional, el general Ricardo Trevilla

“Aprovecho, primero, para dar el pésame a las familias de nuestros compañeros que perdieron la vida también, vamos. y un reconocimiento a su personal militar que realizó una operación exitosa. Se puede ver desde muchas ópticas, pero es definitivo que cumplieron su misión, y que es lo que se demostró, la fortaleza del Estado mexicano”

Lo que se describe -casi todo México lo vio en la mañanera-, tiene un peso simbólico fuerte y no por el dramatismo fácil, sino porque rompe un código muy antiguo del poder militar: la contención emocional pública. Cuando un alto mando deja ver la voz quebrada, no es debilidad. Es un mensaje político, institucional e histórico al mismo tiempo. Es la emoción como señal de legitimidad del sacrificio

El momento revela tres cosas. Primero, que el operativo contra el Mencho no fue sólo estratégico, sino profundamente simbólico para las fuerzas armadas, cargado de rabia, impotencia, agravio, memoria y reivindicación institucional. Segundo, que la institución militar está mostrando deliberadamente el peso humano de la guerra interna, lo que también construye legitimidad social para sus acciones

Tercero, que el Estado, a través de su principal brazo armado, está comunicando que el conflicto ha alcanzado un nivel donde la contención emocional ya no basta como narrativa pública. Cuando un general se quiebra, el mensaje político no es debilidad. Es que la guerra dejó de ser abstracta incluso para quienes la dirigen. Y eso siempre cambia la forma en que una nación entiende su propia seguridad

El himno nacional dice: “un soldado en cada hijo te dio” y los ejércitos modernos se sostienen sobre una idea incómoda pero real: el Estado puede pedir la vida de sus soldados. Eso sólo se justifica si el sacrificio tiene sentido colectivo. La voz entrecortada del general Trevilla no es sentimentalismo. Es el reconocimiento público de que el costo humano fue doloroso, real y asumido conscientemente

En términos históricos, ese momento funciona como ritual de validación del sacrificio. Roma lo hacía con funerales públicos. Las monarquías con honores de guerra. Los Estados modernos con discursos de mando. México no es excepción. Regresó lo que se había perdido en el sexenio anterior: “el honor militar” como institución viva. Muchos creen que el honor militar es retórica antigua, algo decorativo. No lo es. Es el mecanismo moral que permite que alguien acepte una misión que sabe que puede matarlo

Sin ese principio, no hay ejército funcional. Sólo hay personal armado con salario. El honor militar no describe valentía romántica. Describe un contrato moral extremo. Cada soldado arriesga la vida. El Estado reconoce el sacrificio. La sociedad no lo trivializa. Cuando una de esas tres partes falla -como sucedió con la obligada doctrina: “abrazos, no balazos”, el sistema se fractura. La operación fue una demostración de capacidad total

La historia siempre termina separando dos planos: el debate político sobre la estrategia, el reconocimiento del sacrificio individual. Los abrazos sin balazos confundían al pretender ser una forma elegante de no enfrentar ninguno. De allí, el significado histórico del gesto del general, un mando que muestra dolor sin renunciar al discurso de misión cumplida está haciendo algo muy específico: humanizar la pérdida sin debilitar la legitimidad de la acción

Eso, en términos de cultura militar, es cohesión institucional. Y en términos de historia del Estado mexicano, es afirmación de autoridad frente a una amenaza que durante años se consideró casi intocable. Lo esencial es simple y duro: las decisiones estratégicas se calculan en oficinas, pero su ejecución siempre ocurre en cuerpos concretos, en nombres propios, en familias que de rompen y fragmentan al recibir un ataúd. Ojalá el Estado se preocupe por los huérfanos

Ver llorar a una soldado herida mientras se desprende del equipo de combate rompe dos mitos al mismo tiempo: el de la guerra contra el narco como acto abstracto del Estado y el de la fortaleza militar como invulnerabilidad emocional. La escena devuelve el conflicto a su dimensión más cruda: cuerpos reales masacrados, dolor real y riesgo irreversible en la guerra contra el crimen organizado

Políticamente, la imagen es poderosa porque humaniza a las fuerzas armadas sin heroicidades prefabricadas. No es propaganda de victoria, es evidencia de costo. Además, coloca a la mujer combatiente en un lugar que ya no es simbólico ni excepcional, sino plenamente operativo: combate, sangra y sobrevive como cualquier soldado, pero con una carga adicional de visibilidad social que vuelve su vulnerabilidad aún más significativa

Cuando el uniforme militar sangra y se desarma frente a hombres y mujeres muertos y heridos, el mensaje es claro: la guerra no la libra una institución, la soportan personas concretas. Y esa verdad, incómoda y difícil de administrar políticamente, siempre termina filtrándose por encima de cualquier discurso oficial. No es un mito, es una realidad, tal y como la presidente Claudia Sheinbaum invocó en su momento, citando el himno nacional: “un soldado en cada hijo te dio”

SEPTIMO SELLO
Capturar o enfrentar a un actor criminal de alto nivel siempre implica un cálculo brutal: inteligencia previa más riesgo operativo más costo humano esperado. Que múltiples gobiernos coincidieran en que habría muertes muestra algo claro: el problema no era técnico, era estructural. Había que decidir si el Estado estaba dispuesto a pagar el precio de imponer su autoridad

SEPTIMA TROMPETA
La insaciable presión de Donald Trump empujó a la presidenta Sheinbaum Pardo a dar el paso, el complemento: la inteligencia militar estadounidense fue letal en el operativo, ubicaron al Mencho bajo el microscopio. Lo hicieron en Venezuela con Nicolás Maduro y lo volvieron a hacer en México, el mensaje es claro: “no hay al menos en México ningún capo del narcotráfico seguro”. Van tras ellos y es cuestión de tiempo

SEPTIMA COPA
Esa decisión es, históricamente, lo que distingue a los Estados que conservan soberanía con las armas en la mano de los que abrazan y negocian con la violencia entregando al pueblo a vivir bajo la extorsión del derecho de piso. Es inevitable la dimensión política, porque todo acto militar en democracia se vuelve objeto de disputa narrativa. Héroes para unos. Instrumentos del poder para otros, víctimas de decisiones estratégicas para terceros. Hoy la realidad permanece inalterable: hubo personas que aceptaron una misión sabiendo el riesgo real

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