
Armagedón
“Dios no nos dio un espíritu de cobardía, sino de poder, amor y buen juicio”
“2ª de Timoteo 1:7″
La ley censura pone en jaque la fe
Alfredo A. Calderón Cámara
alfredocalderon1960@gmail.com
El eco de las campanas se confunde con el zumbido de los algoritmos. En la era donde los templos se trasladaron a las pantallas y los sermones se transmiten por streaming, el poder político parece haber descubierto un nuevo pecado capital: opinar con fe. La siniestra iniciativa del diputado morenista Arturo Ávila, busca que sacerdotes, pastores, monjas y ministros de culto sometan sus publicaciones digitales a los lineamientos de la Agencia de Transformación Digital y la Secretaría de Gobernación
No es un simple trámite burocrático. Es un intento por colocarle bozal al alma que predica las buenas nuevas. La nueva inquisición de silicio va incluida dentro del texto del proyecto, inmersa y escondida en el artículo 16 de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, se presenta con la suavidad del tecnócrata: “neutralidad de la red, derechos digitales y prevención de discursos de odio.” Tres frases que suenan a civilización, pero huelen a mordaza, bozal y control
Bajo ese lenguaje digitalizado se esconde una vieja tentación: decidir quién puede hablar de Dios y bajo qué protocolo. Porque en esta versión 5.0 del Leviatán estatal, ya no se queman biblias ni se clausuran púlpitos. Se desconectan cuentas. Si el Estado regula lo que un sacerdote puede decir en Facebook o un pastor en TikTok, entonces la frontera entre la laicidad y la censura se evapora
El resultado es un Estado que ya no se conforma con vigilar el cuerpo del ciudadano; ahora pretende auditar su conciencia llevando su vigilancia del púlpito al algoritmo. En la acera de enfrente: el abogado Uriel Esqueda, de Actívate.org.mx, lo expresó sin rodeos: “Es censura disfrazada de ley.” Y tiene razón. Ningún otro sector de la sociedad estaría sujeto a semejante filtro ideológico. Ni influencers políticos, ni comediantes que lucran con la burla de la fe
Ni los propagandistas de partido que en cada tuit predican el evangelio del poder. Ni la agresiva comunidad LGBT, sólo los ministros de culto serían supervisados, revisados y, en caso de desviarse del guion oficial ¡Raoooo, sancionados! No es coincidencia. En el fondo, se trata de una batalla simbólica: quitarle a la Iglesia su poder moral, porque un pueblo que todavía escucha homilías y sermones evangélicos es un pueblo que no se somete del todo al discurso de Estado
Por eso el mensaje de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) no sólo es una protesta institucional; es un grito profético: “Nos quieren callar en nombre de la libertad.” El Estado esgrime el lenguaje de la laicidad en manos del poder. La laicidad del Estado fue concebida para proteger la conciencia, no para invadirla. Fue un muro de respeto, no una trinchera de persecución
Ubiquemos: en manos de quienes confunden el Estado con una religión de partido, el laicismo se convierte en dogma: todo lo que no encaje en la narrativa oficial debe ser purgado como “discurso de odio.” Y es ahí donde la ironía alcanza tonos bíblicos: mientras el gobierno invoca la tolerancia, al mismo tiempo construye una maquinaria de censura. Mientras dice proteger los “derechos digitales”, les pone cerrojo. Y mientras presume pluralismo, redacta un decálogo de lo que se puede creer
El proyecto de Ávila no busca neutralidad: busca sumisión. El silencio como nuevo mandamiento: regular los sermones digitales es un paso previo a regular los templos físicos, y regular los templos es el preludio para domesticar las conciencias. Lo que está en juego no es la comodidad de un clero, sino la libertad espiritual de todo ciudadano. Porque cuando se acalla la voz del creyente, se sofoca también la posibilidad de disentir moralmente frente al poder
Entendamos: esto no es la primera vez. La historia está llena de reyes y caudillos que creyeron poder callar a los profetas. Pero cada vez que el poder quiso amordazar al espíritu, el espíritu habló desde las catacumbas, los desiertos o las redes sociales. Viene una guerra digital contra todos los credos y esto no es una anécdota parlamentaria. Es un parteaguas cultural
Si, la ley mordaza contra los religiosos prospera, México habrá dado un paso hacia el modelo de control ideológico más sofisticado de su historia, la censura envuelta en lenguaje técnico. Ya no dirán “prohibido predicar”, dirán “lineamiento digital.” Ya no excomulgarán por herejía, sino por algoritmo, pareciera que Morena ansía rascarle los “wiwis” al tigre y despertar al México bronco
El único dique que defiende principios y valores morales que tiene todavía la familia es el trabajo de las diferentes denominaciones cristianas y católicas ¡Hasta eso le incomoda a Morena! Y mientras tanto, las campanas seguirán doblando, pero no por la fe: por la libertad que muere pixel a pixel. “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” -Juan 8:32-. Hoy, esa frase no es solo un versículo: es un acto de resistencia ante la ley censura que pone la fe en jaque
SEPTIMO SELLO
El nuevo evangelio político de la autoproclamada transformación, ahora quiere administrar no solo el presupuesto, sino también las conciencias. La iniciativa de Morena para controlar los mensajes de sacerdotes, pastores, monjas y ministros de culto en redes sociales no es una medida administrativa: es una herejía institucional contra la libertad de espíritu. “El nuevo Santo Oficio del gobierno” es la llamada Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones. No quemará cuerpos, pero sí silenciará almas
Con la infantil excusa de “prevenir discursos de odio”, el poder busca someter al silencio toda voz que no adore a su propio dogma. Que un ministro de culto necesite permiso para hablar en internet es la versión posmoderna del cepo colonial: la mordaza con logotipo de transparencia. La ironía es brutal. En nombre de la “neutralidad digital”, el Estado pretende decidir qué es odio, qué es amor, y qué es un tuit peligroso
SEPTIMA TROMPETA
En este país donde los narcocorridos se transmiten sin censura y la violencia verbal es política pública, el problema, dicen, son los curas y pastores que predican paz, amor, respeto y cuidado a la familia. Ahora, el nuevo pecado es opinar. México nació con una Iglesia perseguida y una política que se disfrazó de moral laica para justificar sus abusos ¿Recuerdan? La historia vuelve a repetirse con menos sotanas y más hashtags
Lo que propone el diputado Arturo Ávila no es proteger a nadie: es domesticar la palabra. Convertir el púlpito en un escritorio de trámite, el sermón en un archivo revisado por Gobernación. Los ministros serían los únicos ciudadanos con un reglamento especial para hablar. Ni los influencers, ni los youtubers, ni los voceros del partido tendrían que pedir permiso. Sólo los que mencionen a Dios. Es el regreso del “no tendrás otros discursos delante de mí”. Curas y pastores están atrapados entre la cruz y el algoritmo
SEPTIMA COPA
La Conferencia del Episcopado Mexicano ha dicho: esta iniciativa viola la libertad religiosa y de expresión. Pero más allá del catolicismo, lo que está en juego es el derecho de todo individuo a creer y a decir. Hoy es el cura; mañana será el periodista, el activista o el ciudadano que opine “fuera de los lineamientos”. El Estado que teme a la palabra termina temiendo al pensamiento, la única razón viable que tiene es cuando enloquece el desquiciado del “padre Pistolas”
Por eso crea sus agencias digitales: para que la herejía se detecte por algoritmo antes de que llegue a oídos del pueblo. “Prevención de discursos de odio”, le llaman. En la práctica, es el viejo deseo de los poderosos: callar al que incomoda. Ramón Castro, presidente de la CEM, compartió el mensaje de Catolicfluencers: “Es censura disfrazada de ley”. Y tiene razón. Lo que parece una simple adición al artículo 16 es, en realidad, un candado espiritual
Si el gobierno logra imponer esta mordaza, no solo regula el discurso religioso: regula la moral social, el pensamiento crítico, la idea misma de trascendencia. Porque una sociedad sin voz termina adorando al poder que la enmudece. Y cuando el verbo calla, la mentira se vuelve doctrina oficial. El monstruo ya no usa colmillos, sino lineamientos. Y su nuevo templo se llama internet
Deja un comentario