PALABRA PÚBLICA
LUIS GARCÍA

+LAS EXPLOSIONES DE GAS DEJAN DAÑOS INNUMERABLES, PERO LOS MÁS LAMENTABLES SON LAS MUERTES HUMANAS +MANUEL BUENDÍA NOS RECUERDA UN HECHO SUCEDIDO IGUAL CON UNA PIPA HACE AÑOS Y COMO UN FOTÓGRAFO MOSTRÓ SU VALENTÍA +DETENCIÓN DE BERMÚDEZ, ERA BOLA CANTADA

La explosión del pasado miércoles en la Ciudad de México y muy concretamente en Iztapalapa, donde han muerto once personas entre ellas una abuela que salvó con su cuerpo a su menor nieta, es sin lugar una tragedia que tenía mucho tiempo no sucedía en la capital del país, pero además dejó ver la solidaridad de los mexicanos cuando suceden este tipo de hechos que muestra que no todo está perdido.
Los relatos que observamos y leímos por este terrible suceso, me recuerdan mucho a uno que aparece en el libro de Manuel Buendía “Ejercicio periodístico”, editado en 1985. Transcribo el texto:
Y recuerdo lo que ocurrió aquella tarde cuando una de las peores tragedias del año estremeció de horror a la Ciudad de México. Yo trabajaba para un diario. Unos meses antes, en una asamblea había sido electo director. Empezaba a conocer más de cerca las actitudes y el carácter de cada uno de los reporteros y fotógrafos. Era un conjunto esplendido. Probablemente la mejor redacción entre todas las instaladas en la gran ciudad. Pero también un fotógrafo cuya capacidad aún no había quedado demostrada. Muchacho de corto espíritu, no parecía tener el ímpetu de sus demás compañeros. Dije al jefe de sección que sería arriesgar una información importante si mandaba a aquel fotógrafo. Desde entonces se le destino a tareas sencillas.
Pero aquella tarde no había otro en la redacción cuando se recibió aviso de que, en el sur de la ciudad, un enorme camión tanque, repleto de gas, había tenido un accidente y se temía que hubiera una explosión. El casi insignificante muchacho fue enviado, pues, a cubrir esa información. La calle y casas vecinas habían sido invadidas por una gigantesca y ominosa nube de gas formada por miríadas de partículas explosivas. La gente huía empavorecida. Fotógrafos de otros diarios treparon a distantes azoteas para, desde ahí, con telefoto, hacer su trabajo relativamente a salvo. Como siempre eran los bomberos los únicos que permanecían junto al camión, luchando desesperadamente por cerrar la válvula que dejaba escapar cada segundo mayores cantidades de gas.
¿Los únicos? Ah, no. Ahí entre aquellos que son legendarios por su valor y a quienes el pueblo califica de heroicos estaba también el fotógrafo. Los bomberos le pidieron que se retirará. Los colegas le gritaban hasta improperios para que desistiera de estar ahí. Pero él no hizo caso. Ahí siguió.
Disparando su cámara una y otra vez. Ahora mismo me viene a la memoria esas fotos. Los bomberos se ven como dentro de una niebla maligna, algunos se habían derramado, presas de la asfixia. El muchacho fotógrafo se cubría boca y nariz con una máscara que improvisó con su pañuelo. Continuaba tomando fotos.
De pronto una chispa inevitable hizo que se cumplieran las más negras predicciones, ocurrió la explosión. Una de las más fuertes y trágicas que se recuerden. A kilómetros de distancia se sacudieron las ventanas y se rompieron cristales. De los ocho bomberos que estaban más próximos al camión, junto al fotógrafo, no sobrevivió ninguno para contarlo. En total pasaron de 30 los muertos.
Yo andaba en otro rumbo de la ciudad cuando me avisaron por el radio del coche. Una gran explosión -me dijeron- y luego lo peor de la noticia: Uno de nuestros fotógrafos había estado ahí y nada se sabía de él.
Corrí al hospital donde concentraban a las víctimas. En el piso de se alineaban las camillas. Ennegrecidos cuerpos.
Girones de piel colgando de brazos levantados al cielo como en una súplica. Rostros tumefactos. Torcidas bocas por las que apenas podían salir los gritos de agonía.
Recorrí las filas tratando de descubrir aquel muchacho.
Pasé frente a él y no lo reconocí. Así de hinchado estaba.
Entonces él me llamó: “señor, soy yo”. Volví. Nos miramos. Yo no podía hablar. Me di cuenta que empezaba a sacudirme un temblor irremediable. Desde el fondo de su horrible máscara trató de sonreír y me dijo; “la explosión me arrancó el saco, pero no solté la cámara. Se la di a la gente del ministerio público. Pídasela. Creo que hay buenas fotos para la edición de mañana”.
Aquel muchacho sigue en el mismo periódico. Cada vez que nos vemos en la calle o en una ceremonia, abrazo a un héroe de nuestra profesión. Sigue siendo el mismo muchacho tranquilo, modesto y sonriente. Pero, aunque él de nada alardea, entre los reporteros y fotógrafos todos sabemos de donde provienen esas cicatrices que lleva en el rostro y las manos. Termina el texto de Manuel Buendía.
Explosiones como la sucedida en Iztapalapa no son frecuentes, pero, son accidentes provocados por la impericia de los conductores, o el mal funcionamiento de una unidad, del mal mantenimiento de las vías públicas. Lo único seguro es que dejan daños terribles tanto humanos como materiales.
DE SALIDA. La detención de Hernán Bermúdez Requena en Paraguay fue negociada, aseguran muchos. La forma en que se encontraba, como lo trataron, es significado que hubo una negociación de nivel para que se entregará. Cierto o no. La Barredora al parecer está desintegrada, al parecer. El gobierno de la República está actuando sin tener privilegios de uno u otro grupo delincuencial. Pero la lucha apenas comienza, lleva seis años de atraso. Nos leemos luego.

Deja un comentario

Tendencias