
Armagedón
“Sus sacerdotes violaron mi ley, y contaminaron mis cosas santas; entre lo santo y lo profano no hicieron diferencia, ni distinguieron entre lo inmundo y limpio”
Ezequiel 22:26
Satanás, disfrazado de ángel de luz
Alfredo A. Calderón Cámara
alfredocalderon1960@gmail.com
Desde hace tres meses en Tabasco lo que deberían ser altares de alabanza y adoración en la Diócesis de Tabasco al menos dos sacerdotes los convirtieron en sus guaridas de perversión y contaminaron el ambiente social. Lo que debía ser púlpito, fue transformado en pasarela de farsantes disfrazados de clérigos, donde la santidad se vendía como baratija en tianguis dominical. Al menos en esas dos parroquias ya no queda celo de Dios, sólo queda un catálogo de escándalos
El pecado bajo sotana no tuvo límites. La caída no vino del trueno, sino del silencio. El sacerdote Católico Isidro “N” conocido “el Padre Chilo” que hace apenas unos días era buscado como oveja descarriada, apareció no en campos santos, sino esposado, señalado por el crimen más abominable: la pederastia. Huimanguillo, tierra de maizales y de fe sencilla, amanecía con la herida abierta de la traición clerical: el abominable pecado del abuso sexual en contra de menores de edad
Mientras sus feligreses rezaban para hallarlo sano y salvo, el ministerio público lo buscaba con pruebas y órdenes judiciales. Isidro “L”, el sacerdote que debía proteger a los niños como el Buen Pastor protege a sus ovejas, fue encontrado en Cárdenas, no en retiro espiritual, sino en el escondite de la vergüenza. Y así se cumple lo escrito por el profeta: “Sus pecados los alcanzarán” o “no se maravillen que aún Satanás se disfrace ángel de luz”
El manto de la sotana no cubre el delito y la investidura de sacerdote no borra la vileza. El silencio cómplice del Obispo de dice todo: “el Padre Chilo” con su perversión arruinó la confianza. En este espacio se dejo correr un tiempo porque la noticia no es solo jurídica; es social, espiritual y moral. El altar queda manchado, la voz que predicaba salvación ahora resuena como eco de condenación
La comunidad católica desolada se preguntó y se pregunta ¿Cómo se cura la fe herida de una comunidad que confió en su inmaculado párroco y lo descubre como lobo disfrazado de oveja? Tabasco, ya cargado de corruptos en la política, recibe otro golpe, ahora desde la misma trinchera de la religión; ahora resulta que el cura que vestía de blanco y purpura tenía “cuernos y cola” abusaba sexualmente de los niños de manera infame y del clero católico nadie se daba cuenta
El silencio ha favorecido, pero el imperio de la ley no perdona, la Fiscalía habla de carpetas, órdenes de aprehensión y pruebas. La Escritura habla de justicia más alta: “Mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino, y se le hundiese en lo profundo del mar, que hacer tropezar a uno de estos pequeños”. El mensaje es claro: la justicia terrenal debe cumplir su curso, la divina ya ha dictado sentencia
Cárdenas y Huimanguillo no llorarán por un depravado sacerdote caído en desgracia, llorarán por la inocencia robada, por la fe traicionada y por la podredumbre que se escondía bajo cantos litúrgicos. La captura de Isidro “L” no es un caso aislado; es un recordatorio brutal de que la impunidad se viste de todos los colores y hasta de hábitos santos. Y en esta hoguera social tabasqueña, la sotana del culpable no podrá ser más blanca que el expediente que lo condena
¿Dónde se perdió la vergüenza sacerdotal? Nadie sabe, el Obispo Gerardo de Jesús sabe que la Escritura dice: “mentiroso es el corazón más que todas las cosas y perverso”. La verdad histórica le enseñó que la Palabra no falla, dos de sus sacerdotes salieron pervertidos sexuales, uno más depravado que otro. La terca realidad no puede negarse cuando dentro de la parroquia anda: Satanás, disfrazado de ángel de luz”
SÉPTIMO SELLO
Pareciera lejano el suceso, pero la sociedad tiene derecho a saber la realidad de lo que paso en las calles ardientes de Las Gaviotas, un sacerdote cayó bajo las balas de dos sicarios en motocicleta. Héctor Alejandro Pérez, párroco de la iglesia de Gaviotas Sur, fue herido de muerte o al menos eso quisieron los verdugos, porque la pólvora no alcanzó a borrar el nombre de un cura adultero al que, parece, Dios todavía le prolongó los días
Cuando brota el pecado, la mayor de las veces le echan la culpa al diablo aunque -el no tenga la culpa- y el pecador confeso sean los genitales del clérigo. Dentro del mar de confusiones y la farsa del desorden de inmediato, las voces críticas contra el gobierno tronaron como tambores de guerra: “ni los sacerdotes están a salvo”. La diócesis, conociendo que algunos de sus curas son “demasiado ardientes en su mensaje” con la cautela calculada de quien mide sus palabras, murmuró la versión edulcorada de una “confusión”
SÉPTIMA TROMPETA
Pero ¿desde cuándo la sangre derramada se explica con torpeza semántica? Aquí no hubo equivocación: hubo encargo, hubo precio, hubo verdugos contratados. La verdad no se arropa en eufemismos, se viste de plomo. La verdad soterrada tenía que salir en las investigaciones, el gobernador fue claro: “no habrá impunidad”. Y, cumplió: los sicarios fueron capturados por la FIRT Olmeca junto con el autor intelectual. Confesaron. Hablaron del dinero, del motivo y del agraviado que contrató la muerte
El silencio posterior fue ensordecedor. Ni la diócesis agradeció, ni la justicia detalló. La grey calló y sigue rezando, mientras el expediente se guarda en cajones oscuros. El sacerdote sobrevivió. Milagro, dicen los feligreses, porque esos dos sicarios ya habían probado su puntería en Playas del Rosario, donde bañaron de sangre a una familia en plena celebración. Profesionales de la muerte, infalibles en su oficio, fallaron esta vez. El clérigo respira, pero la verdad se asfixia
SÉPTIMA COPA
El motivo —ese veneno humano llamado venganza y celos— apenas se susurra en los pasillos del obispado, como si la honra de algunos fuera más importante que la luz de la justicia. Tabasco sangra desde hace años, y ahora las balas alcanzan hasta el altar. La diócesis esconde, la justicia calla, los fieles no agradecen, los críticos aprovechan y los verdugos confesaron lo que nadie quiere repetir en público
Pero el ojo de Dios, que todo lo ve, ya dictó sentencia: “Ay de los que llaman al mal bien, y al bien mal; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz”. Cierto es que el sacerdote vive de milagro, pero el silencio cómplice es otra forma de muerte. En los calenturientos genitales del cura de Gaviotas Sur, los plomos no callaron, pero los hombres sí
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