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Estado de terror/
Eugenio Hernández Sasso/

A finales de mayo del presente año, Mayvelline Flores, integrante de la Red Universitaria Anticapitalista, calificó como “un estado de terror” la situación violenta por la que actualmente atraviesa el estado de Chiapas.

Esta entidad sureña sí que se ha transformado, por supuesto que sí, pues pasó de ser un lugar tranquilo, con una población mayoritariamente indígena, a una zona en la que literalmente la vida no tiene ningún valor.

Por esa entidad, de la que por cierto es habitante el presidente Andrés Manuel López Obrador (vive en Palenque, en un rancho llamado La Chingada), se sabe que existe tráfico de armas, drogas y personas.

Por ello ha pasado de ser un simple estado olvidado por sus gobiernos, a ser un territorio en disputa por los cárteles Jalisco Nueva Generación (CJNG) y de Sinaloa, además de la Mara Salvatrucha, según revelan publicaciones sustentadas en informes militares.

No hay un día en el que no se genere información relacionada con el crimen organizado. Las ejecuciones en diferentes partes de Chiapas son práctica cotidiana, a todas horas y en todos lugares.

Los homicidios, secuestros, tráfico de personas, desapariciones y enfrentamientos son pan de todos los días en el estado que gobierna Morena.

Para los cárteles, esta región es un punto clave para el ingreso de drogas que provienen de Sudamérica y Centroamérica y, obviamente, en la disputa con organizaciones locales, muchos han muerto.

Pareciera, inclusive, que muchos indígenas han abandonado sus herramientas tradicionales para hacer producir la tierra o crear artesanías y han adoptado el uso de armas, el negocio ilegal, la violencia y la criminalidad como forma de vida.

A finales del mes de mayo, La Red Nacional de Organismos Civiles de Derechos Humanos para Todas y Todos también denunció que miles de personas fueron desplazadas por el recrudecimiento de la violencia en Frontera Comalapa, Chicomuselo, La Trinitaria y Amatenango de la Frontera.

Sin embargo, el presidente López Obrador llegó a Tuxtla Gutiérrez este viernes y, en su sermón mañanero, volvió a reiterar que Chiapas es un lugar muy pacífico, que hay tranquilidad, que no pasa nada, aunque en la víspera los criminales hayan ejecutado a dos personas de las cuales una era fiscal del Ministerio Público Federal.

El mismo día, dos personas fueron levantadas desde el interior de su hogar, en un fraccionamiento de Tuxtla Gutiérrez, en el que sus habitantes tienen todas las medidas de seguridad habidas y por haber.

Además, en cuanto a las agresiones a las comunidades zapatistas que tienen refugiadas a cientos de familias de Chenalhó, amenazadas por El Machete, un grupo que ha eliminado a muchos habitantes de esa zona por conflictos de tierras, el tabasqueño avecindado en Chiapas señaló también que no pasa nada.

Definitivamente habría que preguntarle a los chiapanecos si coinciden con los dichos del presidente de la república, porque en verdad la gente ya no camina por las calles con la seguridad de hace unos cinco o 10 años.

La percepción ciudadana es de total inseguridad. Los habitantes de esa entidad viven con la preocupación de que un día salgan a la calle y ya no regresen a sus hogares porque puedan encontrarse con una bala perdida que les arrebate la vida.

San Cristóbal, un municipio icónico de la belleza de Chiapas, considerado como la capital del turismo en la entidad, ahora es amenazado por grupos violentos como Los Motonetos, quienes tienen asolada la región y, obviamente, sus acciones repercuten también en la actividad económica de los ciudadanos de bien que habitan en esa demarcación.

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