
POLÍTICOS Y EMPRESARIOS
Juan José Rodríguez Prats
¿Qué tiempos son estos en los que tenemos que defender lo obvio?
Berthold Brecht
La Revolución mexicana aportó, además de otras cosas, un pacto entre políticos y empresarios, tal como acontece en todos los países. El gobierno ofrecía estabilidad, respeto a los derechos adquiridos, mecanismos de consulta, control de conflictos. Los empresarios, por su parte, se comprometían a lo que saben hacer: negocios para generar empleos e impulsar el desarrollo. Desde luego, se entreveraron ambos sectores, situación que no podría calificarse de honesta y transparente. Los gobiernos de Carranza, Obregón y Calles lo instrumentaron. De los detalles se encargaban los secretarios de Estado, principalmente el de Hacienda.
Hubo serias desavenencias en el gobierno del presidente Cárdenas. Dio señales al final de su periodo de tender puentes e inclusive modificó el procedimiento para obtener el certificado de inafectabilidad agraria en el afán de tranquilizar a los productores del campo alarmados por el reparto agrario. La designación de Ávila Camacho para sucederlo obedeció al mismo propósito. Con Miguel Alemán se llegó al extremo de la complicidad. Él mismo lo percibió y nombró como sucesor a Ruiz Cortines que le restauró a la institución presidencial la autoridad moral perdida. Con Echeverría y López Portillo se deterioró la relación y se resquebrajó el pacto con la expropiación de la banca en septiembre de 1982.
José González Torres, líder panista en 1982-83, relata que hubo reuniones de empresarios en todo el país para organizar un frente opositor, incluso se pensó en crear partidos políticos. Sin embargo, optaron por incorporarse al PAN, cuyos dirigentes los recibieron con ciertas reservas. Conocidos como “los bárbaros del norte”, el primero en levantar la voz en pleno informe presidencial, fue Manuel J. Clouthier a quien siguieron muchas figuras notables, dándole al partido liderazgos, recursos económicos y estrategia electoral. De ser una oposición testimonial, Acción Nacional pasó a ser una opción real de poder.
Hoy las circunstancias son similares. Respeto, aprecio y reconozco las virtudes del sector privado. Sin embargo, me permito una reflexión, derivada de mi experiencia personal.
Tuve éxitos y fracasos en los dos partidos en que he militado (PRI/PAN). Tengo el mérito –así lo presumo– de algunas derrotas en elecciones constitucionales: para gobernador en Tabasco (1994) y para diputado federal (Chiapas, 2018 y Tabasco, 2021, dada mi condición de arraigo en ambas entidades). Mis campañas fueron austeras y modestas. Eso sí, esforzadas y persistentes. Daba conferencias, hacía visitas domiciliarias, aprovechaba los medios hasta donde éstos lo permitían. Desafortunadamente, ante la negativa de mis contendientes, nunca se dieron debates. Los pocos recursos fueron aportados por el partido, la familia, amigos y algunos ahorros personales.
Visité a los más prominentes empresarios, invitándolos a los diferentes cargos locales de la contienda electoral. De todos ellos recibí trato amable y la consabida negativa, pues tenían tareas a las que daban la más alta prioridad. Percibo con beneplácito que han cambiado de actitud. Enhorabuena. En el PAN hay ejemplos, con escasas excepciones, de que han desempeñado con responsabilidad sus encomiendas. Quisiera por ello, con toda delicadeza, sugerirles hacerlo con un mínimo acopio de humildad. Los que hemos bregado por largo tiempo, merecemos –creo– un trato respetuoso. Ser político no significa ser corrupto ni ser panista me despoja de mi condición de ciudadano. Escuché a Claudio X. González decirle a los líderes partidistas: “Mi partido es México”, insinuando que quienes somos militantes no somos patriotas.
Nada más les recuerdo que Manuel Gómez Morin, en condiciones muy adversas, creó al PAN desde la ciudadanía y con un principio: la preeminencia del interés nacional.
*Cortesía del autor.
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