DE WOODSTOCK A AVÁNDARO. ESTRATEGIA PARA MEDIATIZAR A LA JUVENTUD

Juan Antonio García Delgado, abril de 2023.

En 1968 millones de estadounidenses salían a las calles para protestar contra las guerras imperialistas en Vietnam, en África y Latinoamérica, así como contra la violencia y la segregación racial. En 1965 fue ejecutado en Nueva York Malcom X, uno de los luchadores del movimiento negro. En 1968 recibió un tiro en la garganta el principal líder pacifista, Martin Luther King en Tennessee. Ese año los jóvenes más radicales formaron el Brack Panther Party, con una línea anticapitalista y antimperialista que formaba grupos de autodefensa contra los ataques de blancos y organizaciones de solidaridad comunitaria. 

Eso no se podía permitir en el país de la libertad y la democracia. La CIA trabajaba desde hacía tiempo en eso que llamaban el “lavado de cerebro” y sus laboratorios arrojaban su primer producto: el LSD. Años atrás ya compraban al gobierno de México grandes cantidades de marihuana para que sus soldados se insensibilizaran en sus crímenes de guerra (lo podemos ver en películas como Pelotón, Forres Gump…). La estrategia del gobierno de Washington para contener las protestas consistió en infiltrar y corromper a los Panteras Negras metiéndolos al narcotráfico, asesinando a los más radicales, y masificando el consumo de LSD y de marihuana entre su propia juventud con el perverso fin de mediatizarla, incluso de idiotizarla para contener las protestas. 

Y lo logró utilizando los grandes festivales de rock, como el de Woodstock que se realizó en 1969 y contó con respaldo del ejército para proveer a los 500 mil asistentes. Así como muchas de las primeras “estrellas” del rock murieron por sobredosis, comenzó a ocurrir lo mismo con miles de sus seguidores. De ahí en adelante, en lugar de salir a protestar contra las políticas del capitalismo imperialista, la juventud norteamericana se transformó masivamente en hippies y en drogadictos, cuyas consignas de “amor y paz” o “hagamos el amor y no la guerra” ocultaban que sus patrocinadores sí estaban haciendo la guerra. 

De manera similar, tras las matanzas del 2 de octubre de 1968 y del 10 de junio de 1971 el gobierno de México, las empresas refresqueras de Estados Unidos y las televisoras mexicanas, impulsaron subrepticiamente el festival de Avándaro (septiembre de 1971), presentándolo como un acto de rebeldía que enfrentaba a la autoridad. El objetivo fue el mismo que el de Woodstock: repartir masivamente mariguana y LSD, la droga “sicodélica”, con los mismos objetivos de enajenar masivamente a la juventud y desviarla de la organización y de la lucha revolucionaria a la que la orillaban las condiciones de pobreza.

Los resultados en Estados Unidos fueron muy eficaces. Se convirtió en el primer país consumidor de drogas, con más de 40 millones de adictos y 66 millones de alcohólicos al finalizar el siglo XX. Con el tiempo, once millones de internos en los hospitales de enfermedades mentales, veinte millones de presos en las lucrativas cárceles privadas, y miles de muertos en tiroteos masivos protagonizados por personas con problemas de personalidad, estrés postraumático y otros trastornos mentales por sus experiencias de guerra. Solamente en 2022 murieron o fueron heridos 6 mil menores de edad durante 639 tiroteos masivos. Pero ni el gobierno ni las industrias armamentistas están dispuestos a suprimir el lucrativo comercio de armas.

En México el proceso de descomposición social ha sido más lento, pues pese a la masificación del alcoholismo que han promovido los políticos de todos los partidos políticos, aquí hay una arraigada cultura que incluye costumbres y tradiciones familiares y comunitarias ancestrales, además de que la mayoría de los mexicanos se expresaban con desprecio a los drogadictos, de los consumidores de marihuana. Fue necesario que llegara el capitalismo salvaje a desintegrar las familias, obligando a todos a trabajar ante los salarios miserables, introducir un alud de propaganda e ideología a través de películas, programas y series de televisión para convertir en moda lo que hoy estamos presenciando.

Políticos y medios de comunicación, entre quienes las adicciones eran comunes, realizaron intensas campañas para promover el uso “recreativo”, “artístico” y “lúdico”, para empezar de la marihuana, “para quitar el mercado a los delincuentes y ponerlo en manos de prósperos empresarios que paguen impuestos”, con la noble intención de reducir la criminalidad, pero dejando en manos de los cárteles otros negocios (cocaína, fentanilo, armas, huachicol, secuestro, extorsión, tráfico de personas, etc.). Al mismo tiempo, vendieron a la juventud y a los adolescentes una serie de falacias: no pasa nada, son prejuicios, es más peligroso el alcohol, te hace más creativo, es natural y hace menos daño que el cigarro, es buena para la salud, casi es sinónimo de cultura e inteligencia. Medios de comunicación, políticos y “colectivos” ocultan hechos esenciales: es una droga. Como todas, altera el sistema nervioso central, propiciando ansiedad, alteraciones cognitivas y de memoria a corto y a largo plazo, disociación de la realidad, hipertensión arterial y otros problemas cardiacos, en caso extremos facilita la esquizofrenia, en mayor o menos medida, pues nuestros organismos son únicos y algunos son más resistentes. Claro que es relajante, estimula el apetito, ayuda a sobrellevar algunas enfermedades, pero eso es otro debate, su uso como medicamento es incuestionable por cualquier persona sensata. Lo que se cuestiona es su uso como vicio, es decir como una sustancia que un organismo fisiológica y emocionalmente sano no necesita; un organismo que segrega sus propios estimulantes a través del deporte, las actividades recreativas y el estudio. Desde luego, las drogas son la salida más fácil para sentirse bien, pero son la puerta falsa para iniciar otro tipo de adicciones que, en efecto, son más peligrosas pues, ya en un ambiente de esparcimiento, no falta quien fomente el consumo de otras sustancias. Y ese es el trabajo de los narcomenudistas que ya se han infiltrado en escuelas y en todos lados. De esta manera, la inocente yerbita suele ser sólo el camino al infierno de otras drogas, y la urgente necesidad de ellas (pues todos los vicios son muy caros) exige dinero, y hay que conseguirlo cómo sea. Desde luego la alteración mental es el camino para los pleitos y los accidentes, que son la primera causa de muerte entre jóvenes en México… para el reclusorio, los centros de rehabilitación, las religiones salvadoras… el panteón.      

Para anular la rebeldía consciente de la juventud mexicana y convertirla en rebeldía “sin causa”, es decir en marioneta del capitalismo salvaje y su sistema imperialista mundial, había que comenzar por destrozar sus instituciones reproductoras de la cultura y las tradiciones colectivas; la familia, las instancias de reflexión y decisión colectiva como los ejidos y las comunidades. Sobre todo, habría que debilitar a las universidades públicas, anulando materias como ética, filosofía y economía política, por exigencia del Fondo Monetario Internacional. Asimismo, dar protección y cobertura comunicativa a la alianza anarcofeminista que está socaban la autoridad de profesores y directivos –presentándolos como mentirosos y acosadores–, abriendo las puertas de las universidades al narcomenudeo y a la delincuencia. Extrañamente esto sólo ocurre en la UNAM; el IPN y la UAM, no en la Universidad de las Américas ni el Tecnológico de Monterrey; ni en Inglaterra, Suiza, Austria, ni en Japón; ni en las instalaciones de Televisa ni en los monopolios transnacionales que financian a las líderes del ultrafeminismo. Ahí no hay inequidad de género ni acoso. 

Desde 1968 la CIA y el gobierno norteamericanos entendieron que para convertir a un pueblo en esclavo de las drogas primero requerían que pierda la confianza en un futuro mejor; empobrecerlo económica y moralmente. Al agudizarse todos los demás problemas, conflictos y violencia en las familias, hartazgo entre los adolescentes y el deseo de romper con toda autoridad y con todo respeto, que para ellos no significa nada, ofrecieron las “salidas” falsas: violencia, narcodelincuencia y grupos neonazis, programas música, juegos y caricaturas que fomenten las tendencias al suicidio, al individualismo, a la depresión, al aislamiento, a la violencia irracional, a la supremacía racial. 

El LSD y la marihuana dieron resultados. Hoy les interesa convertir en zombis a millones jóvenes de todo el continente. Lo han logrado en gran parte con las pandillas en Centroamérica, en los propios Estados Unidos, en donde están muriendo más de 100 mil jóvenes al año, sólo por fentanilo. El Salvador, el país más pequeño de América, tiene 63 mil pandilleros presos y una moderna cárcel para 42 mil jóvenes sin ninguna perspectiva. ¿Quién armó a las pandillas centroamericanas? ¿Quién convirtió a cientos de miles de jóvenes en drogadictos? Todo comenzó diciendo “no pasa nada”. ¿No pasa nada? 

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