
Armagedón//
“Después sacó los ojos a Sedequías, y el rey lo ató con grillos de bronce y lo llevó y lo puso en prisión hasta el día de su muerte”
Jeremías 52: 11//
Indignidad e indecencia aterradora//
Alfredo A. Calderón Cámara
alfredocalderon1960@gmail.com//
Estaban ahí sin reponerse de la tragedia, sobre un montón de arena con sus ojos negros y sus gorras gastadas, migrantes que miraban pasar el lento caminar de la masa de militares, migrantes que representaban el mágico espejo del atraso en el respeto de los derechos humanos en México, eran la piel lacerada del mismo abuso y atraso de la nación, habían llegado de otros países, pero su pobreza y desventura no era inferior a la de cientos de mexicanos que al igual esperaban una oportunidad para “colarse al otro lado”
El reportero se acercaba como un migrante más, le invitaba un refresco, recogía cada palabra, cada gesto de esa mirada pérdida, de ojos sin ayer y sin mañana: “A mí me agarraron en el Puente Juárez los de Migración -decía-, me engañaron y me llevaron porque me dijeron que era solo para anotar mis datos y que después me soltarían; mentira, no fue así. Cuando llegamos a las oficinas, en las rejas blancas que se ven en el video, lo meten a uno y le quitan todo, teléfono, dinero y documentos, yo no traía cartera ni documentos”
“Yo estuve allí hace dos semanas y nos tenían bajo llave, me soltaron porque les dije que era mexicano y canté el himno nacional mexicano que me aprendí antes de entrar al país”, recuerda el hondureño Kevin Ortiz de San Pedro Sula en el departamento de Cortés, a sus 22 años lamenta la muerte de 13 de sus paisanos en el incendio de Ciudad Juárez; “esa vez me empujaron en la puerta para que yo me fuera para adentro, donde están las colchonetas que se quemaron”
No había mucho que dudar, -platicaba de donde había llegado-, era el encuentro con habitantes que en su país transitaban colonias, calles y callejones sin pavimentar, calles de miseria anegadas por charcos de agua sucia, calles de arena y lodo donde se hunde el pie al caminar, calles dónde -recordaba- vive descarnada el hambre y la inseguridad en las casuchas de lamina de zinc y de cartón, casuchas convertidas en verdaderos hornos humanos, sobre horcones de palo viviendo en pobreza extrema
Sus palabras rompían el enigma y daban paso al rostro no conocido de un migrante, rostros críticos del dolor y abandono social, el rostro de los de abajo, sin paz, sin patria y sin esperanza: “No vale la pena esta madre” -decía y a su lado escuchaba una mujer de grueso cuerpo, Guadalupe Chablé-, “porque uno no sabe qué es lo que realmente va a pasar, le dan a uno una colchoneta deteriorada y una sábana de aluminio para que duerma uno, como un perro”
Era la voz de un migrante en la que arde la injusticia, donde abunda la suciedad, voz del asentamiento humano que ha caminado miles y miles de kilómetros, entró al país por Tapachula y miró a México con miradas de esperanza que no decaía; “pero -no puede evitar decir-, donde nos han tratado peor que animales”, regresaba su mente al albergue con esa voz de la zozobra que sólo tienen quienes lo han vivido: “ahí, los baños están sucios, apestan a estiércol y no hay agua todo está bien sucio y todos están desesperados ahí adentro”
De nuevo, inmerso en la voz de los miserables, la voz de los que caminan a diario el camino de la jodidez, se detenía, jalaba aire, jadeaba en su rápido y tosco hablar: “El guardia de seguridad que está ahí no da nada de información y los de Migración son bien mierdas y prepotentes, todo se mueve con dinero, ahí adentro vives como un perro, en el día el calor te mata y en la madrugada el frío te hiela, vivimos cómo gente infrahumana”
El reportero grababa y anotaba cada palabra, regresaba a sus orígenes y había que cumplir cómo en los tiempos que reporteaba para “El Imparcial de Tabasco”, miraba las condiciones de dolor de estos migrantes de manos callosas y pies descalzos, uno de muchos que había narrado; pero, en cada mirada había otra historia, palabras contenidas por el miedo de los que no se rajan, los desesperados de Centro América
Dichos recogidos de quién ni siquiera aparece en algún archivo muerto, los que viven hostigados y extorsionados por la policía municipal, la Guardia Nacional y los agentes de Migración, la voz de quien sufre la extorsión que muerde y lacera casi todos los días, la voz de quienes sufren y viven a diario entre la indignidad e indecencia aterradora
EL SEPTIMO SELLO
Así es la vida que la desgracia dio a conocer de cientos y miles de migrantes que llegan al paso fronterizo de Ciudad Juárez para cruzar a Estados Unidos, voces que con su silencio y mirada desconfiada narran cómo los ha impactado la tragedia sucedida en albergue. Su caminar desde Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, fue “batallando en el tren, caminando y sufriendo”, horas y días de hambre, cansancio y dolor, respira, ve y dice: “Da tristeza porque son migrantes como yo”, con su gorra negra se cubre del sol, lamenta lo sucedido y a decir de él: “la tragedia fue causada por la maldita humillación de los integrantes de la estación migratoria”
LA SEPTIMA TROMPETA
Otra migrante, una venezolana sin nombre, dice: “tengo miedo de que me deporten, sólo quiero hallar un trabajo”; estaba pendiente, porque tenía información de dejarían ingresar migrantes a Estados Unidos por el incendio sucedido en el albergue. Añadía: “Una está cansada de pasar hambre, frío, soledad y abusos sexuales aquí en México. Estamos cansadas de dormir en la calle, muchas no tenemos empleo. Mira lo que sucedió con los compañeros, no es fácil estar viviendo así. La única puerta es la que se ve el video, ya no hay más, no a los costados ni atrás y no se puede salir porque el único que tiene la llave, es el maldito guardia”
LA SEPTIMA COPA
La narrativa de esta crónica es un trabajo en conjunto encargado a uno de los hijos de este reportero que vive en Ciudad Juárez, aunque cinco años vivió aquí en la casa paterna en Tabasco. Se agradece a mi amado hijo Ángel Eduardo su excelente esfuerzo, para dar una pequeña idea, narrar y vivir sobre lo mucho que sufren los migrantes, seres humanos que dejan todo buscando un mejor horizonte y que no pocas veces pierden la batalla y regresan a casa, sólo para ser velados y regados por las abatidas e inconsolables lágrimas de sus familiares. A sus órdenes al teléfono 9931925625
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